
Todas las hojas ya estaban sobre el pasto, se arremolinaban aquí y allá llevadas por el viento. Cuando me asomé por la ventana, me invadió una gran tristeza, el cielo estaba oscuro, afuera había un gran aire de abandono. Fui a buscarte a tu cuarto; estabas echada en la cama con los auriculares pegados en las orejas.
Te pedí porfavor que rastrillaras las hojas. Para hacerme oír debí repetir la frase varias veces, cada vez en voz más alta. Te encogiste de hombros diciendo: " Y por qué? En la naturaleza nadie las recoge, se quedan allí hasta pudrirse y eso está bien". En aquella época, la naturaleza era tu gran aliada, lograbas justificar todo con sus leyes inquebrantables. En lugar de explicarte que un jardín es una natulareza domesticada, una naturaleza-perro que cada año se parece más a su dueño y que justamente como un perro tiene necesidad de continuas atenciones, me retiré de la sala sin agregar otra cosa. Poco después, pasasaste delante de mi para ir a buscar algo de comer a la heladera, y viste que estaba llorando, pero no le diste importancia. Sólo a la hora de la cena, cuando otra vez saliste derrepente del cuarto y preguntaste "¿Qué se come?", te diste cuenta de que todavía estaba allí y seguía llorando. Entonces fuiste a la cocina y empezaste a trajinar ante las hornallas. "¿Qué prefieres?-gritabas de un cuarto al otro-. ¿Budín de chocolate o una tortilla?" Habías comprendido que mi dolor era verdadero y tratabas de mostrarte agradable, de darme un placer de alguna manera. A la mañana siguiente, apenas abrí los postigos, te vi sobre el césped; llovía fuerte, tenías puesto el impermeable de hule amarillo y rastrillabas las hojas. Cuando a eso de las nueve volviste a entrar, hice como que no pasaba nada, sabía que lo que más odiabas era esa parte tuya que te inducía a ser buena.


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